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Charla entre Eduard Punset y Louann Brizendine, para el programa cientifico Redes. "El cerebro tiene sexo"

Publicado para difusión en este blog por Klgo. Alexis Moya R.
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Charla entre el destacado comunicador cientifico Eduard Punset, y la doctora Louann Brizendine, en donde se tratara el tema de las diferencias entre hombres y mujeres, incluso dando como base la similitud en el genero a las primeras semanas como feto.

Una oportunidad impresionante de conversacion, y de aprendizaje cientifico. RECOMENDABLE

ENTREVISTA

Eduard Punset:
La gente dice que la realidad neurológica de las mujeres las hace más variables, más temperamentales, con más cambios de humor que los hombres. ¿Es verdad? ¿O es simplemente una idea errónea?

Louann Brizendine:
Si bien genéticamente somos distintos -las mujeres tienen cromosomas sexuales XX y los hombre, XY-, es importante recordar que todos tenemos, desde la concepción y hasta las ocho semanas de vida fetal, circuitos cerebrales de tipo femenino. Después de la octava semana de vida fetal, los diminutos testículos del feto masculino empiezan a liberar enormes cantidades de testosterona con las que «impregnan» los circuitos cerebrales y los transforman del tipo femenino al tipo masculino. De esta manera, por ejemplo, el centro cerebral que denominamos técnicamente la zona del «impulso sexual» dobla su tamaño en el cerebro masculino. Al nacer, todos tenemos o bien circuitos masculinos o bien circuitos femeninos. Como el cerebro femenino no se ha visto expuesto a tanta testosterona, las niñas nacen con circuitos femeninos en los que algunas zonas son más grandes y otras más pequeñas que en el cerebro masculino.

EP:
Es fantástico pensar que todos los embriones son femeninos al principio.

LB:
Sí, todos los científicos saben ahora que la «forma biológica por defecto» en la naturaleza es la femenina. Además de esto, hay un período muy interesante que denominamos pubertad infantil: tras el nacimiento, la testosterona en los bebés de sexo masculino aumenta muchísimo durante los primeros seis o nueve meses y luego se ralentiza de nuevo. Mientras que, en las niñas, se produce una pubertad infantil que dura hasta los dos años y los ovarios liberan mucho estrógeno al cerebro. Es un período nuevo del que todavía no sabemos muchas cosas, sobre todo en lo referente a las consecuencias conductuales, porque es difícil hacer que una niña de dos años se esté quieta en un escáner o resonancia magnética.



(Imagen: Smartplanet)

EP:
Claro.

LB:
Podemos hacer que se duerma, pero no podríamos observar su cerebro haciendo nada distinto. Hace unos treinta o cuarenta años que sabemos que hay diferencias conductuales específicas de cada sexo en las conductas de juego. Por ejemplo, los niños normalmente tienen juegos bruscos y de peleas, mientras que las niñas juegan a juegos más fantasiosos en los que se asignan roles del tipo "tú serás el médico y yo el paciente" o "tú serás la mamá, y yo el papá, o el bebé".

EP:
Son capaces de ponerse en el lugar del otro, ¿no?

LB:
Tienen juegos fantasiosos. La fantasía de los niños es más bien del tipo: "soy un superhéroe que lucha contra el enemigo". En mi generación, las feministas decíamos que les daríamos a nuestros hijos juguetes sin marcas de sexo. Queríamos criar a niños que fueran más sensibles. Pero cuando mi hijo tenía cuatro años, le di una de esas muñecas con las piernas largas y él se las arrancaba y ¡las usaba como lanzas! Los juegos por sexos surgen en todas las culturas y lugares del mundo.

EP:
Es algo que surge independientemente de la cultura.

LB:
Una de las cosas que es importante recordar en lo referente a la cultura, al eterno debate entre lo innato y lo adquirido, es un experimento que se realizó en mi universidad, la Universidad de California, San Francisco. Hace unos 15 años, Michael Merzenich descubrió cuáles eran las neuronas en cerebros de monos que controlaban el dedo índice. Registró lo que sucedía con esas neuronas y luego extirpó el índice a algunos monos y, en dos semanas, las células de ese dedo ya estaban reasignadas y controlaban el dedo corazón. Y lo importante es que algo tan pequeño como eso puede tener repercusiones tan grandes en tan sólo dos semanas.

EP:
Lo adquirido puede afectar a lo innato...

LB:
Lo adquirido se plasma en los circuitos cerebrales. El debate sobre lo innato y lo adquirido está, por tanto, muerto: lo innato y lo adquirido son en realidad lo mismo. Toda la conducta procede del cerebro. Y el entorno, los cambios en lo adquirido, ¡se codifican en realidad en las células del cerebro.







Los cerebros masculinos y femeninos no son iguales

EP:
De tu investigación se desprende que las zonas del cerebro destinadas a la actividad sexual o a la agresividad son mayores en el cerebro masculino, mientras que las destinadas a escuchar y a la empatía -la capacidad de ponerse en el lugar del otro- son mayores en las mujeres. ¿Es esto correcto?

LB:
A veces, nos cuesta entender que si pudiéramos ver nuestro cerebro desplegado, observaríamos que tiene muchas zonas muy pequeñas que son como miniórganos dentro del cerebro. Si miramos la zona del estímulo sexual, veremos que es de dos a dos veces y media más grande en el cerebro masculino. En la pubertad, cuando los chicos tienen entre 9 y 15 años, los niveles de testosterona empiezan a aumentar y se multiplican por veinticinco -lo que en biología es una cifra enorme-, lo que empieza a activar los circuitos masculinos de estímulo sexual. En ese momento, los jóvenes empiezan a tener fantasías sobre el cuerpo femenino y sobre la actividad sexual. Esto no implica que el cerebro femenino haga que la mujer no esté también interesada en el sexo.

EP:
Sí.

LB:
La sexualidad de las chicas también cambia en la adolescencia a medida que se incrementa el estrógeno y, en menor medida, la testosterona. En ese momento, las chicas empiezan a desear resultar sexualmente atractivas para los hombres. La adolescente pasa mucho tiempo frente al espejo y cultivando el autoadorno y esto sucede en todas las culturas. En todas partes, las jovencitas hacen lo que resulte adecuado en su cultura para atraer al sexo opuesto. Esto no es producto de los medios de comunicación. Los medios nos inundan de imágenes que nos instan a ser atractivas, pero estos circuitos en el cerebro femenino para expresar la sexualidad son naturales, especialmente antes de la ovulación. Ese es el momento en el que las mujeres coquetean más para intentar atraer el interés de los hombres hacia ellas. El clímax del estímulo sexual de la mujer se sitúa en torno a dos días antes de la ovulación. La madre naturaleza lo ha diseñado así para que nos sintamos tentadas a practicar el sexo y que haya esperma aguardando cuando salga el óvulo y aumentar las posibilidades de quedarnos embarazadas.








EP:
El impacto del estrés preocupa a los hombres y las mujeres por igual y tu investigación conduce a algo muy interesante: sugieres que el estrés afecta de una manera distinta al cerebro y a la conducta femeninas. Se hizo un experimento con crías de cabras que habían alcanzado niveles altísimos de estrés y las repercusiones del estrés de la madre fueron mayores entre las cabritas que entre los cabritos. ¿Es verdad?

LB:
Se trata de un estudio fascinante cuyas implicaciones no terminamos de entender y según el cual, si la cabra estaba estresada, sus crías hembras se sentían mucho más ansiosas y nerviosas que las crías machos. Esto es así en las cabras y deberemos estudiarlo con humanos, por supuesto. Además, gracias una la investigación realizada con roedores, sabemos que hay rasgos adquiridos de cuidado maternal de las crías que se pueden transmitir genéticamente, y esto afecta la conducta de tres generaciones.

EP:
¡Es increíble!

LB:
Imaginemos que tenemos a dos madres con seis crías cada una y una de ellas con tendencia a lamer mucho a las crías y la otra con tendencia a hacerlo poco. Si intercambiamos tres crías de una de las madres con tres crías de la otra, las crías se adaptarán rápidamente a su nuevo ambiente. Esto se conoce como "experimentos de intercambios de crías". Cuando las crías hembras hayan crecido y tenido crías a su vez, lo interesante es que las nacidas de la madre con poca tendencia a lamer pero que han sido criadas por la madre con tendencia a lamer, acaban lamiendo mucho a sus crías como la madre adoptiva. Y las que nacieron, genéticamente, de una madre que lamía mucho a las crías, pero se criaron con una madre poco propensa a lamer a su camada, tampoco lamerán a sus crías.

EP:
Es sorprendente.

LB:
No seguirán lo que les dicten los genes. Así que se trata de un descubrimiento interesante que sugiere que hay cambios reales en la metilación del ADN que se transmiten a las crías durante tres generaciones.

Sexo, estrés y amor a primera vista


EP:
Hasta ahora hemos hablado de cabras y ratas, pero recordemos lo que sucede con las mujeres en este sentido. Se ha dicho que si los hombres están estresados o preocupados, siguen pudiendo hacer el amor. En cambio las mujeres, para sentir un orgasmo pleno, no pueden estar estresadas ni preocupadas. Si están preocupadas, tendrán más dificultades para llegar al orgasmo en una relación sexual.

LB:
Hay algo interesante relacionado con el hecho de que el estrés repercute de una manera distinta según el sexo de la persona: sabemos que, en realidad, cuando los hombres están estresados tienen un mayor apetito sexual. En cambio, si las mujeres están estresadas, su interés sexual disminuye. Para los biólogos evolutivos, esto se debe a que el macho solamente debe depositar el esperma y luego marcharse, mientras que la mujer debe sobrellevar el embarazo y si siente que el entorno es demasiado estresante para quedarse embarazada, en nuestros antepasados, tal vez eso significaba que no había suficiente comida para mantener el embarazo y tener el niño. Así que, según esta hipótesis, el apetito sexual femenino se reduce en condiciones de estrés, porque el cuerpo y el cerebro no perciben que el entorno sea seguro.


(Imagen: Smartplanet)

EP:
Una última pregunta que seguro que preocupa a mucha gente: me refiero a lo que los franceses llaman «coup de foudre», el amor por pura casualidad, cuando vemos a alguien y nos enamoramos perdidamente de esa persona. El amor a primera vista. ¿Hay alguna base biológica que lo justifique, o es una mera ficción?

LB:
Es algo muy interesante en el estudio del cerebro. Los estudios han corroborado que si vemos a alguien que físicamente es muy simétrico o con movimientos corporales muy fluidos, eso es mucho más atractivo e interesante sexualmente para nuestro cerebro. Es habitual creer que el amor a primera vista pertenece a la esfera de la literatura fantástica, pero pese a todo puede activar partes muy específicas del cerebro que nos dicen «¡ahí está!». No se trata de algo que pienses, sino de algo que sientes, es como una sacudida en el cerebro. No sólo implica lo visual, sino el tacto o el oído. Las feromonas y el sentido de la vista trabajan conjuntamente cuando vemos moverse a alguien porque no sólo miramos su rostro, sino que observamos cómo se mueven todas las partes de su cuerpo. Así que hay una parte de todos nosotros que se siente especialmente atraída por esa persona, sea quien sea, por la que experimentamos atracción sexual.

EP:
Esto está codificado biológicamente. De hecho, tú lo dices de una manera muy elegante: "la biología es el destino". Es más destino de lo que solemos creer. Eso crees, ¿no?

LB:
Es importante recordar que ni los circuitos cerebrales ni las hormonas nos convierten en lo que somos, no crean nuestro yo, aunque el yo surge de la actividad del cerebro. Las hormonas nos hacen tender hacia cierta conducta, pero no necesariamente hacen que dicha conducta tenga lugar. El destino de la biología es como una base: tenemos circuitos cerebrales y una corteza que alberga todo tipo de pensamientos y reflexiones. Cada vez aprendemos más y esto repercute sobre nuestro sistema límbico, por ejemplo, y cuando las hormonas actúan con fuerza, nos predisponen a ciertas conductas. Nuestra corteza puede escoger cuál de estas conductas activar. Es decir, la biología no marca totalmente nuestro destino, pero sin duda nos predispone hacia ciertas conductas, pensamientos y sentimientos.

Fuente: Charlas con... de Eduard Punset

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